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Entre cuentos y leyendas: El caso de Silbán por Ramón Lasaosa Susín

 

Frente al mito, encontramos el cuento o la leyenda. La diferencia principal con el primero es su objeto. Si los mitos se ocupan de los grandes hechos, de los acontecimientos históricos, del fundamento cultural de un pueblo, y hacen que este tenga antigüedad, los cuentos, en gran medida de la mano de historiadores y literatos románticos, sustituyen los modelos grecorromanos por otros más cercanos y propios para contar la vida.[1] Nos están hablando un lenguaje histórico, pero no tanto de detalles y héroes concretos sino de formaciones sociales que mantuvieron unos rituales y que compartían un universo de creencias, sobre las cuestiones cotidianas, tratando de ordenar la sociedad, las relaciones entre sus componentes y entre estos y el entorno que les rodea, determinando lo que es correcto o no tanto dentro de dichas relaciones como en las de parentesco y familia, sobre lo que se aprobaba dentro de su código moral y lo que les repugnaba o lo que les conmovía,[2] marcando unas normas de comportamiento.

Los cuentos pueden, como los mitos, tener una base real, aunque el hecho propio de la transmisión oral los haya ido contaminando con el tiempo. Sin embargo, y como decía un cuentacuentos, son historias reales porque de no serlo no habrían llegado hasta nosotros.

 el salto de codet

Esta es una historia que encontramos recogida brevemente por Lucas Mallada y posteriormente por Lucien Briet, si bien después han sido numerosos los autores que la han reproducido, casi siempre rehaciendo su redacción original. Nosotros solo hemos encontrado una persona que nos la contara de viva voz, como si de una historia popular se tratara; sin embargo, en un momento dado recurrió a la edición de Briet para cerciorarse de la historia.

En cualquier caso el Salto de Codet –o Gollet, como escribió Soler Santaló– existe en un lugar perfectamente identificado en la margen derecha del Cinca, aguas arriba de Salinas de Sin. Se trata realmente de un paso estrecho, tal y como se describe en la historia, aunque hoy día está anulado al atravesar por encima la carretera que llega hasta Bielsa.

Lucien Briet cuenta la historia así:

En época difícil de precisar, un ladrón llamado Codet se instaló en el centro de la garganta para robar a los caminantes. Todos tenían que pagarle tributo de circulación. Todo ganado que subiera o bajara debía, de grado o de fuerza, abonar algunas cabezas, y nadie se atrevía a murmurar contra este impuesto, demasiado indirecto, a causa de la fama terrible que tenía quien lo cobraba. Pero llegó un día que un francés tuvo que atravesar la garganta de Salinas con sus carneros. Al acecho, detrás de la roca, según costumbre, el bandido dio el alto a este bravo, que era baregés, y pretendió quitarle cinco magníficos corderos… El otro, que no estaba al corriente de nada, trató de parlamentar; pidió explicaciones, pero Codet, por toda respuesta, cogió a uno de los animales que le reclamaba, y lo lanzó al vacío, amenazando con hacer lo propio con cualquiera que se permitiese en lo sucesivo discutir sus pretensiones. Ante tales argumentos, el francés, que era un robusto mozo dotado de mucha sangre fría, no vaciló un segundo, y cogiendo bruscamente al ladrón, lo precipitó a su vez. Ignoro si el tal Codet volvió de su asombro, pero Pedro Mur Moré, sastre de Bielsa, que me contó la historia, pretende que aún no ha vuelto de su salto.[3]

 

En el relato encontramos un sustrato histórico. Los ganaderos pagaban diversos impuestos, por ejemplo el de carneraje, a cambio de pasar con su ganado por determinados lugares. Lo abonaban a los dueños de los mismos o a los municipios a los que pertenecían, lo que suponía una carga económica para los ganaderos trashumantes. Ejemplos de esto los encontramos en Tella, donde los ganaderos pagaban por atravesar el término y por poder cruzar el río Yaga por el puente del Hospital.

Los ganados necesitaban pastos a ambos lados de la frontera o en diversos municipios, hecho que producía siempre conflictos entre lugares vecinos. Estos enfrentamientos, perjudiciales para todas las partes, trataron de evitarse poniendo reglas, ya constatadas en el siglo xi, momento a partir del cual, y hasta el siglo xiv, se juran paces entre los valles, primero de forma oral y luego escrita, que reciben el nombre de patzerías y que darán origen, entre los siglos xvi y xviii, a las lies et passeries (alianzas y paces).

En el siglo xvi estas alianzas comerciales, algunas de las cuales se renovarán de año en año, van tendiendo a la supresión de tarifas aduaneras. Un ejemplo de lo que acabamos de decir es el tratado que se firmó el 18 de junio de 1543 entre los valles y lugares de Louron, Aure y Barège, por una parte, y Chistau, Puértolas, Bielsa y Vio, por otra, en plena guerra entre Carlos I de España y Francisco I de Francia, contando con la autorización de ambos reyes. En él se comprometían, a pesar de la contienda, a que hubiera paz, libertad de comercio y de circulación de personas, mercancías y ganado trashumante.

Estos acuerdos fueron respetados hasta la llegada de la Revolución francesa, que acabó con casi todos ellos, aunque se mantuvieron bastantes lazos comerciales entre los valles vecinos.[4]

Así, pensamos que este cuento de Codet podía hacer referencia a este tipo de acuerdos, quizás a la rebeldía de estos valles frente a los poderes centrales que obligaban a cobrar estos impuestos de paso.

la historia de silbán y otras que sucedieron después

Una de las historias más difundidas en la zona, conocida por todos sus habitantes y también recogida en textos actuales con diversas variantes, es la historia de Silbán:

Silbán era un huido de la justicia que vivía en una cueva situada en la parte superior del congosto de las Devotas y cuyo único acceso eran unas estacas de madera de chinebro clavadas en la roca, pero tan separadas unas de otras que nadie podía subir por ellas.

Para alimentarse solía pedir comida por la zona, sobre todo a los pastores, para que le dieran parte de sus vituallas o algo de leche recién ordeñada; a veces, incluso se acercaba a Tella. En determinados casos realizaba pequeños hurtos en los huertos cercanos o robaba alguna de las ovejas que pasaban por el congosto de las Devotas. Para ello se escondía en la parte baja del talud del camino y, cuando pasaba la última oveja del rebaño, la cogía de una pata y la sacaba de su senda, de tal manera que el pastor no se daba cuenta de nada en ese momento.

Otra de las cosas que se cuentan hacía Silbán era raptar pastoras para que lo despiojaran. Un día en que se encontraba en la zona del barranco de Liasbas, cerca de Lamiana, vio a una joven pastora que se llamaba Marieta, de casa Morillo de Tella. La llamó y le pidió que lo despiojara; ella, temerosa de que le pudiera hacer daño si se negaba, accedió a la petición. Marieta se sentó en una piedra y Silbán apoyó la cabeza sobre su regazo, encima del delantal. Mientras lo despiojaba, este se durmió, momento que la chica aprovechó para quitarse con sumo cuidado el delantal, poner algo de lana entre este y la roca y salir corriendo antes de que se despertara Silbán.[5] Al momento, este se despertó y, al ver que Marieta huía, cogió el delantal y corrió tras ella gritando:

Marieta, toma la mandeleta.

Marieta, toma el mandilón.

A lo que ella le contestó:

Céñame, ceña,

que cuanto más me ceñes

más fuiré.

Pero Marieta ya llegaba a Sierra Lamiana, desde donde pidió auxilio, y Silbán ya no la pudo coger.

Este hecho colmó la paciencia de las gentes del lugar, por lo cual decidieron acabar con él. Para ello le tendieron una trampa. Primero cavaron un gran agujero en las cercanías de la iglesia de Tella, por el lugar donde solía aparecer cuando iba al pueblo. Aprovechando lo mucho que le gustaba la leche, pusieron en el fondo del hoyo un cuenco con sopas de leche. Cuando apareció Silbán, lo incitaron a que bajara a comérselas, y así lo hizo. En ese momento le tiraron una enorme piedra y murió. Ese mismo agujero se convirtió en la tumba de Silbán.

 

Esta es la versión más completa que podemos contar de acuerdo con las diversas historias que nos han relatado, tomando los puntos que más veces han aparecido en todas ellas. Sin embargo, hay ligeras variantes sobre la misma. Por un lado a Silbán lo han llamado algunos informantes Silbán de la Peña o Juan Silbán. Otros nos han dicho que era un gigante, basándose en el hecho de que un ser que no lo fuera no podría subir a la cueva por las estacas que había en la pared.

Finalmente también su muerte se nos ha contado de otras maneras: para algunos murió envenenado porque al cuenco con las sopas de leche le habían añadido solimán, de tal forma que cuando salieron de misa los vecinos ya estaba muerto; para otros, cuando se agachó a beber la leche le dieron un fuerte golpe en la nuca.

Pero, a pesar de estos detalles, la historia no cambia en cuanto a su esencia y trasfondo. Un trasfondo que va más allá del recuerdo de un posible hecho real sucedido hace muchos años y que esconde, creemos, una serie de pervivencias culturales anteriores a la propia historia.

El relato tiene una complejidad, aparentemente inexistente, que se acentúa por el hecho de que su transmisión, eminentemente oral, ha ido introduciendo muchas contaminaciones, llegando a confluir en él incluso otras historias que nos han contado en la zona y sobre las que hablaremos más adelante.

Lo primero que nos llama la atención es el propio nombre de Silbán, emparentado directamente con Silvano, el dios romano de la tierra virgen, la que se encuentra más allá de los campos cultivados, y que todos los autores asimilan al dios Pan, a los sátiros e incluso a los íncubos, demonios con forma de varón que tienen relaciones sexuales con mujeres.

Es decir, hallamos la representación de la naturaleza no cultivada, en un doble sentido, agrícola y de conocimiento. Por lo mismo, es la representación de lo desconocido, del peligro que viene de fuera de la comunidad; de hecho, el culto a los silvanos suplantaría otros anteriores sobre todo a árboles, del mismo modo que el cristianismo los suplanta con la aparición de la Virgen en árboles[6] –ejemplo de la propia Virgen de Faixanillas de Tella, encontrada según la tradición en el tronco de una carrasca o de un barzal en las Faixanillas, lugar cercano al paraje de San Sebastián– o incluso con la propia cruz cristiana.

Otro aspecto que debe tenerse en cuenta es que los sátiros y faunos de la mitología grecolatina –también silvanos, pues– son proclives a relacionarse con mujeres, lo cual se representa en esta historia con el hecho de que Silbán es un raptor de muchachas. Asimismo, en la tradición peninsular existen estos personajes; en Extremadura, por ejemplo, es una mujer gigante llamada la Serrana de la Vera, que vive en una cueva y yace con hombres a los que luego mata.

Silbán, aunque no en todas las versiones, es también un gigante. En cualquier caso, resulta interesante que aparezca como un ser sobrenatural, que lo convierte en invencible por el pueblo, por la comunidad vecina, por lo que representa el peligro. La tradición de gigantes velludos se da también en otras partes de la península; quizás el más cercano sea el basajaun vasco, señor de los bosques, descrito como un ser que, entre otras cosas, es un gigante, ágil, cubierto de pelo, maligno y troglodita.[7]

Asimismo, entra en relación con otro gigante, este mítico, Caco, ladrón de ganado que fue derrotado por Hércules. Curiosamente Caco, al igual que Silbán –o mejor deberíamos decir al revés–, vivía en una profunda cueva. En otro texto, citado por Ángel Almazán de Gracia, se dice que Caco era “medio hombre y medio animal, puesto que tenía un tremendo aspecto y provocaba un enorme espanto, y hostigaba con repentinas matanzas a los hombres de los alrededores y causaba una incontable mortandad tanto de hombres como de animales”.[8]

Silbán y Caco son ladrones de ganado, por lo que otros autores los relacionan con tradiciones pastoriles, sin olvidar tampoco que el dios Pan tenía un especial culto entre los pastores, y con ellos se relacionaba a los sátiros, representados tradicionalmente con patas y cuernos de cabra. A decir del padre Benito Jerónimo Feijoo:

Nótese ahora, que los pastores son la gente más ocasionada que hay en el mundo a los crímenes de la bestialidad, ya por su ruda educación, ya por la continua asistencia a los ganados, ya por faltarles otro menos torpe desahogo a la lascivia. Todo dicho coincide a hacer creíble, que habiendo nacido algunos individuos de esta tercera especie semicaprina, y semihumana en la figura, por la abominable commixtión de Pastores y cabras, la barbarie, junta con la malicia de aquella rústica gente, quisiese autorizar el delito, atribuyendo una especie de divinidad al parto […] De aquí los Panes, los Sátiros, los Silvanos, los Faunos y los Íncubos.[9]

 

Silbán es también un raptor de muchachas, algo inherente a su condición de sátiro. Pero la explicación del rapto de mujeres tiene varias vertientes. Por un lado, era normal que un grupo externo, o su representación, robara mujeres para renovar su sangre, evitando la consanguinidad, y para crear además lazos de relación que asegurasen la paz y la tranquilidad, como sucede en el caso del rapto de las Sabinas y como señala Henri Boudet en su explicación del mito de Pirene, según hemos visto anteriormente. Por otro, es la justificación de embarazos no deseados, pues estos se producen contra la voluntad de la afectada, ya que se culpa al fauno. En la historia hay además otra cuestión interesante, y es que las doncellas no regresan.

 

Continua......