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Entre
cuentos y
leyendas:
El caso de Silbán por Ramón Lasaosa
Susín
Frente al mito, encontramos el
cuento o la leyenda. La diferencia principal con el
primero es su objeto. Si los mitos se ocupan de los
grandes hechos, de los acontecimientos históricos, del
fundamento cultural de un pueblo, y hacen que este tenga
antigüedad, los cuentos, en gran medida de la
mano de historiadores y literatos románticos, sustituyen
los modelos grecorromanos por otros más cercanos y
propios para contar la vida.
Nos están hablando un lenguaje histórico, pero no tanto
de detalles y héroes concretos sino de formaciones
sociales que mantuvieron unos rituales y que compartían
un universo de creencias, sobre las cuestiones
cotidianas, tratando de ordenar la sociedad, las
relaciones entre sus componentes y entre estos y el
entorno que les rodea, determinando lo que es correcto o
no tanto dentro de dichas relaciones como en las de
parentesco y familia, sobre lo que se aprobaba dentro de
su código moral y lo que les repugnaba o lo que les
conmovía,
marcando unas normas de comportamiento.
Los cuentos pueden, como los mitos,
tener una base real, aunque el hecho propio de la
transmisión oral los haya ido contaminando con el
tiempo. Sin embargo, y como decía un cuentacuentos, son
historias reales porque de no serlo no habrían llegado
hasta nosotros.
el
salto de codet
Esta es una historia que encontramos
recogida brevemente por Lucas Mallada y posteriormente
por Lucien Briet, si bien después han sido numerosos los
autores que la han reproducido, casi siempre rehaciendo
su redacción original. Nosotros solo hemos encontrado
una persona que nos la contara de viva voz, como si de
una historia popular se tratara; sin embargo, en un
momento dado recurrió a la edición de Briet para
cerciorarse de la historia.
En cualquier caso el Salto de Codet –o
Gollet, como escribió Soler Santaló– existe en un
lugar perfectamente identificado en la margen derecha
del Cinca, aguas arriba de Salinas de Sin. Se trata
realmente de un paso estrecho, tal y como se describe en
la historia, aunque hoy día está anulado al atravesar
por encima la carretera que llega hasta Bielsa.
Lucien Briet cuenta la historia así:
En época difícil de precisar, un ladrón llamado Codet se
instaló en el centro de la garganta para robar a los
caminantes. Todos tenían que pagarle tributo de
circulación. Todo ganado que subiera o bajara debía, de
grado o de fuerza, abonar algunas cabezas, y nadie se
atrevía a murmurar contra este impuesto, demasiado
indirecto, a causa de la fama terrible que tenía quien
lo cobraba. Pero llegó un día que un francés tuvo que
atravesar la garganta de Salinas con sus carneros. Al
acecho, detrás de la roca, según costumbre, el bandido
dio el alto a este bravo, que era baregés, y pretendió
quitarle cinco magníficos corderos… El otro, que no
estaba al corriente de nada, trató de parlamentar; pidió
explicaciones, pero Codet, por toda respuesta, cogió a
uno de los animales que le reclamaba, y lo lanzó al
vacío, amenazando con hacer lo propio con cualquiera que
se permitiese en lo sucesivo discutir sus pretensiones.
Ante tales argumentos, el francés, que era un robusto
mozo dotado de mucha sangre fría, no vaciló un segundo,
y cogiendo bruscamente al ladrón, lo precipitó a su vez.
Ignoro si el tal Codet volvió de su asombro, pero Pedro
Mur Moré, sastre de Bielsa, que me contó la historia,
pretende que aún no ha vuelto de su salto.
En el relato encontramos un sustrato
histórico. Los ganaderos pagaban diversos impuestos, por
ejemplo el de carneraje, a cambio de pasar con su ganado
por determinados lugares. Lo abonaban a los dueños de
los mismos o a los municipios a los que pertenecían, lo
que suponía una carga económica para los ganaderos
trashumantes. Ejemplos de esto los encontramos en Tella,
donde los ganaderos pagaban por atravesar el término y
por poder cruzar el río Yaga por el puente del Hospital.
Los ganados necesitaban pastos a ambos
lados de la frontera o en diversos municipios, hecho que
producía siempre conflictos entre lugares vecinos. Estos
enfrentamientos, perjudiciales para todas las partes,
trataron de evitarse poniendo reglas, ya constatadas en
el siglo xi,
momento a partir del cual, y hasta el siglo
xiv, se
juran paces entre los valles, primero de forma oral y
luego escrita, que reciben el nombre de patzerías
y que darán origen, entre los siglos
xvi y
xviii, a
las lies et passeries (alianzas y paces).
En el siglo
xvi estas
alianzas comerciales, algunas de las cuales se renovarán
de año en año, van tendiendo a la supresión de tarifas
aduaneras. Un ejemplo de lo que acabamos de decir es el
tratado que se firmó el 18 de junio de 1543 entre los
valles y lugares de Louron, Aure y Barège, por una
parte, y Chistau, Puértolas, Bielsa y Vio, por otra, en
plena guerra entre Carlos I de España y Francisco I de
Francia, contando con la autorización de ambos reyes. En
él se comprometían, a pesar de la contienda, a que
hubiera paz, libertad de comercio y de circulación de
personas, mercancías y ganado trashumante.
Estos acuerdos fueron respetados hasta
la llegada de la Revolución francesa, que acabó con casi
todos ellos, aunque se mantuvieron bastantes lazos
comerciales entre los valles vecinos.
Así, pensamos que este cuento de Codet
podía hacer referencia a este tipo de acuerdos, quizás a
la rebeldía de estos valles frente a los poderes
centrales que obligaban a cobrar estos impuestos de
paso.
la historia de silbán y otras que sucedieron después
Una de las
historias más difundidas en la zona, conocida por todos
sus habitantes y también recogida en textos actuales con
diversas variantes, es la historia de Silbán:
Silbán era un huido de la justicia que vivía en una
cueva situada en la parte superior del congosto de las
Devotas y cuyo único acceso eran unas estacas de madera
de chinebro clavadas en la roca, pero tan
separadas unas de otras que nadie podía subir por ellas.
Para alimentarse solía pedir comida por la zona, sobre
todo a los pastores, para que le dieran parte de sus
vituallas o algo de leche recién ordeñada; a veces,
incluso se acercaba a Tella. En determinados casos
realizaba pequeños hurtos en los huertos cercanos o
robaba alguna de las ovejas que pasaban por el congosto
de las Devotas. Para ello se escondía en la parte baja
del talud del camino y, cuando pasaba la última oveja
del rebaño, la cogía de una pata y la sacaba de su
senda, de tal manera que el pastor no se daba cuenta de
nada en ese momento.
Otra de las cosas que se cuentan hacía Silbán era raptar
pastoras para que lo despiojaran. Un día en que se
encontraba en la zona del barranco de Liasbas, cerca de
Lamiana, vio a una joven pastora que se llamaba
Marieta, de casa Morillo de Tella. La llamó y le
pidió que lo despiojara; ella, temerosa de que le
pudiera hacer daño si se negaba, accedió a la petición.
Marieta se sentó en una piedra y Silbán apoyó la
cabeza sobre su regazo, encima del delantal. Mientras lo
despiojaba, este se durmió, momento que la chica
aprovechó para quitarse con sumo cuidado el delantal,
poner algo de lana entre este y la roca y salir
corriendo antes de que se despertara Silbán.
Al momento, este se despertó y, al ver que Marieta
huía, cogió el delantal y corrió tras ella gritando:
Marieta, toma la
mandeleta.
Marieta, toma el mandilón.
A lo que ella le contestó:
Céñame, ceña,
que cuanto
más me ceñes
más fuiré.
Pero Marieta ya llegaba a Sierra Lamiana, desde
donde pidió auxilio, y Silbán ya no la pudo coger.
Este hecho colmó la paciencia de las gentes del lugar,
por lo cual decidieron acabar con él. Para ello le
tendieron una trampa. Primero cavaron un gran agujero en
las cercanías de la iglesia de Tella, por el lugar donde
solía aparecer cuando iba al pueblo. Aprovechando lo
mucho que le gustaba la leche, pusieron en el fondo del
hoyo un cuenco con sopas de leche. Cuando apareció
Silbán, lo incitaron a que bajara a comérselas, y así lo
hizo. En ese momento le tiraron una enorme piedra y
murió. Ese mismo agujero se convirtió en la tumba de
Silbán.
Esta es la versión más completa que
podemos contar de acuerdo con las diversas historias que
nos han relatado, tomando los puntos que más veces han
aparecido en todas ellas. Sin embargo, hay ligeras
variantes sobre la misma. Por un lado a Silbán lo han
llamado algunos informantes Silbán de la Peña o Juan
Silbán. Otros nos han dicho que era un gigante,
basándose en el hecho de que un ser que no lo fuera no
podría subir a la cueva por las estacas que había en la
pared.
Finalmente también su muerte se nos ha
contado de otras maneras: para algunos murió envenenado
porque al cuenco con las sopas de leche le habían
añadido solimán, de tal forma que cuando salieron de
misa los vecinos ya estaba muerto; para otros, cuando se
agachó a beber la leche le dieron un fuerte golpe en la
nuca.
Pero, a pesar de estos detalles, la
historia no cambia en cuanto a su esencia y trasfondo.
Un trasfondo que va más allá del recuerdo de un posible
hecho real sucedido hace muchos años y que esconde,
creemos, una serie de pervivencias culturales anteriores
a la propia historia.
El relato tiene una complejidad,
aparentemente inexistente, que se acentúa por el hecho
de que su transmisión, eminentemente oral, ha ido
introduciendo muchas contaminaciones, llegando a
confluir en él incluso otras historias que nos han
contado en la zona y sobre las que hablaremos más
adelante.
Lo primero que nos llama la atención es
el propio nombre de Silbán, emparentado directamente con
Silvano, el dios romano de la tierra virgen, la que se
encuentra más allá de los campos cultivados, y que todos
los autores asimilan al dios Pan, a los sátiros e
incluso a los íncubos, demonios con forma de varón que
tienen relaciones sexuales con mujeres.
Es decir, hallamos la representación de
la naturaleza no cultivada, en un doble sentido,
agrícola y de conocimiento. Por lo mismo, es la
representación de lo desconocido, del peligro que viene
de fuera de la comunidad; de hecho, el culto a los
silvanos suplantaría otros anteriores sobre todo a
árboles, del mismo modo que el cristianismo los suplanta
con la aparición de la Virgen en árboles
–ejemplo de la propia Virgen de Faixanillas de Tella,
encontrada según la tradición en el tronco de una
carrasca o de un barzal en las Faixanillas, lugar
cercano al paraje de San Sebastián– o incluso con la
propia cruz cristiana.
Otro aspecto que debe tenerse en cuenta
es que los sátiros y faunos de la mitología grecolatina
–también silvanos, pues– son proclives a relacionarse
con mujeres, lo cual se representa en esta historia con
el hecho de que Silbán es un raptor de muchachas.
Asimismo, en la tradición peninsular existen estos
personajes; en Extremadura, por ejemplo, es una mujer
gigante llamada la Serrana de la Vera, que vive en una
cueva y yace con hombres a los que luego mata.
Silbán, aunque no en todas las
versiones, es también un gigante. En cualquier caso,
resulta interesante que aparezca como un ser
sobrenatural, que lo convierte en invencible por el
pueblo, por la comunidad vecina, por lo que representa
el peligro. La tradición de gigantes velludos se da
también en otras partes de la península; quizás el más
cercano sea el basajaun vasco, señor de los
bosques, descrito como un ser que, entre otras cosas, es
un gigante, ágil, cubierto de pelo, maligno y
troglodita.
Asimismo, entra en relación con otro
gigante, este mítico, Caco, ladrón de ganado que fue
derrotado por Hércules. Curiosamente Caco, al igual que
Silbán –o mejor deberíamos decir al revés–, vivía en una
profunda cueva. En otro texto, citado por Ángel Almazán
de Gracia, se dice que Caco era “medio
hombre y medio animal, puesto que tenía un tremendo
aspecto y provocaba un enorme espanto, y hostigaba con
repentinas matanzas a los hombres de los alrededores y
causaba una incontable mortandad tanto de hombres como
de animales”.
Silbán y Caco son ladrones de ganado,
por lo que otros autores los relacionan con tradiciones
pastoriles, sin olvidar tampoco que el dios Pan tenía un
especial culto entre los pastores, y con ellos se
relacionaba a los sátiros, representados
tradicionalmente con patas y cuernos de cabra. A decir
del padre Benito Jerónimo Feijoo:
Nótese ahora, que los pastores son la
gente más ocasionada que hay en el mundo a los crímenes
de la bestialidad, ya por su ruda educación, ya por la
continua asistencia a los ganados, ya por faltarles otro
menos torpe desahogo a la lascivia. Todo dicho coincide
a hacer creíble, que habiendo nacido algunos individuos
de esta tercera especie semicaprina, y semihumana en la
figura, por la abominable commixtión de Pastores y
cabras, la barbarie, junta con la malicia de aquella
rústica gente, quisiese autorizar el delito, atribuyendo
una especie de divinidad al parto […] De aquí los Panes,
los Sátiros, los Silvanos, los Faunos y los Íncubos.
Silbán es también un raptor de
muchachas, algo inherente a su condición de sátiro. Pero
la explicación del rapto de mujeres tiene varias
vertientes. Por un lado, era normal que un grupo
externo, o su representación, robara mujeres para
renovar su sangre, evitando la consanguinidad, y para
crear además lazos de relación que asegurasen la paz y
la tranquilidad, como sucede en el caso del rapto de las
Sabinas y como señala Henri Boudet en su explicación del
mito de Pirene, según hemos visto anteriormente. Por
otro, es la justificación de embarazos no deseados, pues
estos se producen contra la voluntad de la afectada, ya
que se culpa al fauno. En la historia hay además otra
cuestión interesante, y es que las doncellas no
regresan. |